viernes, 8 de septiembre de 2017

Ataque coordinado

Con un nombre perdido, antiguo, en una lengua que ya nadie pronuncia salvo aquellos que vagan por el cementerio buscando el mejor lugar para el descanso eterno, te presentas ante mí.

Con una voz apagada, extinta, silenciosa, pronuncias mi nombre (el real, aquel que yo elegí, aquel que tú consagraste, y no aquel que me dieron con unas falsas expectativas sobre mi futuro).

Con unas manos de ceniza, intangibles, etéreas golpeas mis zonas más débiles, sin terminar de matarme, pero manteniéndome débil de manera que no pueda escapar de tu lado.

El último ataque fue coordinado, y explotaste tu bomba más potente en la zona de mis costillas, de forma que el corazón quedara dañado, pero no destruido. Y bombardeaste la zona de mis labios con tus mentiras llenas de odio de manera que no pudiera volver a hablar de lo bonito que me parece el otoño en el vacío que es la ciudad.

Los ojos llenos de esperanzas caídas, de odio contenido, de rabia escondida. Los labios agrietados reprimen las palabras que la garganta no pudo gritar cuando todo terminó. Las manos se retuercen, se aprietan, se arañan, se deshacen, se terminan en el acantilado del dolor contenido.


He aprendido a hablar con la mirada en un mundo de ciegos. He aprendido a acariciar con las pestañas en un mundo de gente lejana. He aprendido a caer en la cama en un mundo de insomnio. He aprendido a no ser yo, a ocultarme en las sombras en un mundo en el que sólo hay luz.

sábado, 15 de julio de 2017

La pirámide

Había una pirámide en un lado de mi habitación. Era una pirámide pequeña, de madera, con distintos tonos marrones. Se deshacía y había que montarla. Tardé horas y horas en montarla bien. Era bonita. Me gustaba. Se notaban perfectamente los lugares donde encajaban las piezas. Me gustaba. Y creo que me gustaba porque la había montado yo; durante varias horas fuimos sólo yo y la pirámide. Y me gustaba. Y nunca más la deshice ni la volví a montar.

Un día abrí la ventana de mi habitación. Hacía viento, y yo tenía calor, así que abrí la ventana. Cra-cra sonaba en mi cabeza. Cra-cra No lo hagas, decía algo dentro de mí. Pero tengo calor. Lo quiero, respondí inmediatamente. Cra-cra No. Mejor quítate la camiseta, y deja la ventana cerrada, respondía la voz de mi cabeza. Quiero aire, respondí de forma tajante. Cra-cra Recuerda la última vez. Con la voz temblorosa respondí Me da igual. Lo quiero. Lo necesito. Hubo silencio mientras abría la ventana. Adelante pues. Cra-cra. Y no volvió a sonar nada más.

El viento entró e inundó la habitación. Era un viento fuerte, pero no huracanado. Era un viento fresco que inundaba mis pulmones y me hacía sentir como nueva, me llenaba de una fuerza que pensaba que no tenía. El viento descolocó mi pirámide. No hubo cra-cra, pues instantáneamente el viento volvió a soplar y colocó de nuevo las piezas para formar la pirámide. Una y otra vez entraba el viento en la habitación, deshaciendo y rehaciendo la pirámide a su antojo, al mismo tiempo que, poco a poco, iba desplazándola hacia el centro de la habitación.

Me gustaba el viento. Me gustaba la pirámide. Me gustaba todo.

Sof-sof. Hacía días que no soplaba ni una brizna de aire. Sof-sof. Me sofocaba. Me tumbé en la cama, a esperar. Sof-sof. Ahora hasta me costaba respirar. Miré por la ventana. Sof-sof. Notaba el verano acercándose cada vez más. Sof-Sof.     Ven, por favor, gemía una y otra vez con dificultad.
Y volvió. Y deshizo la pirámide. Y no la hizo de nuevo. Y luego volvió a irse.

Cra-cra Te lo dije. Miraba en silencio por la ventana, esperando la más mínima corriente de aire, aunque sabía que, a esas alturas, ya nunca más llegaría. Cra-cra Cierra la ventana. La pirámide yacía deshecha, destrozada, con todas las piezas descolocadas por el centro de la habitación. Sof-sof. Con dificultad me incorporé y miré por la ventana. Cra-cra Sof-sof Cra-cra Sof-sof


En silencio cerré la ventana (aunque no del todo, no me atreví), miré las piezas de la pirámide con tristeza, Nadie la hará, nadie la tocará, nadie sabrá que existe. Nunca más. Entonces me quité la camiseta, me tumbé en la cama y esperé a que la pirámide despareciera. 

jueves, 23 de marzo de 2017

Cobardía

Me he acostumbrado a ser gilipollas. Me explico. Desde hace unos meses me he dado cuenta de que me gusta (y mucho) reírme de manera sincera, intentar ocultar el vacío en el estómago que me asalta cada noche porque es más fácil que expulsarlo hacia los demás. El hecho de no hablar porque el nudo de la garganta no se deshace ha pasado a ser placentero porque así el resto puede hablar, yo no interrumpo con mis gilipolleces y, de esta manera, puedo reírme con su ingenio.

Desde hace tiempo quiero pensar que puedo resolver las cosas y los problemas hablando o ignorándolos, y no con actos. Y esto es porque huyo del conflicto; porque soy hija de la cobardía; porque me criaron con miedo y entre algodones; porque, en soledad, me creé mi burbuja y la decoré al gusto con sangre propia y pavor, con música que me rasgaba la mente y palabras que destrozaron mi corazón. En esa burbuja perdí mi empatía, perdí el amor por el resto del mundo, perdí la esperanza, perdí el odio por lo injusto, perdí mi humanidad. En esa burbuja perdí todo. -¿Todo?- Todo menos el miedo. El miedo a querer empezó a ocupar el lugar que había dejado las ganas de amar. El miedo a saber demasiado y el miedo a no saber suficiente se entremezclaron en mis entrañas vacías de esperanza. El miedo a que alguien me dañara ocupó el hogar en el que supuestamente debía habitar la empatía. El miedo a luchar arrancó al odio por las injusticias de su lugar de origen. Y el miedo a que todo acabara asesinó a sangre fría a mi humanidad.

No me enorgullezco de nada de esto, pero he aprendido que detestarme y martirizarme por ello no soluciona nada tampoco. Soy cobarde, soy miedo, soy temor, soy llanto y soy dolor. Crecí con miedo, y eso es lo que soy ahora; en eso me he convertido. No conozco nada más allá del miedo constante y -oh, sorpresa- me da miedo alejarme de esto por si dejo de ser yo.

Cobardía, pese a lo que todo el mundo piensa, no es precisamente pequeña, ni tímida. Cobardía no es poca cosa. Cobardía es grande, con sus brazos alcanza cualquier lugar. Cobardía tiene hambre, te engulle, te atrapa y te deshace. Cobardía y Miedo son hermanos, pero no es necesario que describa a miedo (todo el mundo lo ha visto alguna vez; todo el mundo conoce a miedo). Cobardía sola causa estragos, y Miedo por su lado es capaz de destrozarlo todo. Y yo soy hija del incesto más horrible de todos.


Puedes huir de Cobardía (es grande, pero no demasiado fuerte). Puedes huir de Miedo. Bueno, más bien puedes intentarlo. Pero más vale que te prepares para la carrera de fondo más larga de tu vida. Vas a caerte. Te cogerán una y mil veces. Se quedarán a tu lado. Te levantarás y huirás. Y caerás. Y así seguirás, huyendo, hasta que caigas al suelo víctima del cansancio vital. Pero bueno, he aquí mi consejo: empieza a correr. Huye. No mires atrás. Cae. Levántate. Llora. Recupera el aliento. 

Y yo, gilipollas, observaré en la esquina silenciosa de mi burbuja. Y yo, gilipollas, ya no quiero huir más. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Entierro de mi alma en mi cuerpo

Hoy es día de entierro en el cementerio. No acude nadie. Es un día de frío y con niebla, como a mí me gustan. El sepulturero dejó abierto el ataúd, y los cuervos se acercan con curiosidad. Mi cuerpo, herido, sangrante, deshecho y masacrado, parece que va a ser el menú de hoy.

Observo mi cuerpo desde un árbol. Nunca me gustó. Nunca me gustará. Me incorporo para marcharme, pero entonces aparece una sombra que se acerca con paso tranquilo al féretro. ¿Una sombra? No, son dos. Una es alta, esbelta, con pelo largo. La otra es más bien bajita, de pelo corto revuelto, con las manos en los bolsillos. Reconozco esas figuras. Así que han venido. Lanzan un cuchillo hacia mi cuerpo y se clava en mi estómago (jamás apuntarían a mi corazón, lo han cosido demasiadas veces). Se quedan de pie frente al ataúd, sin decir nada. Se dan la mano, me miran, se miran y desaparecen.

Ahí estás; tú también has venido. Pero no miras al ataúd; me miras a mí. Te deslizas con suavidad, pero veloz, por el cementerio hasta llegar al árbol, junto a mí. Extiendes tus manos empapadas en sangre y me ofreces algo. Lo miro con curiosidad; es una flor, creo. Nunca había visto una flor así. Es negra, sin tallo, con pétalos largos. Huele a malta tostada. Te miro sin entender, y me devuelves la mirada, vacía, infinita, aterradora. Extiendes uno de tus brazos y me colocas la flor en el pelo, con delicadeza pero sin titubear; es mi flor. Es mi esencia.

Decides quedarte a mi lado hasta que acabe el entierro. Esperamos un rato más, pero nadie aparece. Te fundes con mi sombra para animarme, pero no lo necesito; ya sé que nadie se dio cuenta de que he muerto, de que morí hace demasiado tiempo. Nos acercamos al ataúd. Los cuervos continúan devorando mis entrañas cuando aparece el sepulturero. Empieza a enterrarme sin demasiado ánimo, como si no le importara (y no le culpo, puesto que lo que está enterrando es un trozo de carne inservible, horrible, mutilado y que albergó un alma triste, deshecha y rota).

Cojo la flor que has dejado en mi pelo, la sostengo con suavidad entre las palmas de las manos. El sepulturero ha terminado; ya no se ve el ataúd. Los cuervos se quedan rodeando la tierra removida, como en señal de duelo; su comida ha desaparecido. Doy un par de pasos al frente y me arrodillo. Los negros pájaros me miran mientras dejo la flor en el lugar donde se supone que estaría mi corazón. Te adelantas tú también y dejas una bala en el lugar donde estaría mi cabeza.


Te fundes en mi sombra y yo me fundo en la niebla. Ha acabado. El silencio ocupa el lugar. Ya no quedan ni los pájaros, ni el frío, ni el vacío. Ahora tan solo queda un ligero aroma a malta en lo que había sido el entierro de mi alma en mi cuerpo. 

lunes, 10 de octubre de 2016

Pero olía a queroseno

Hoy parecía que alguien había pintado el cielo con pincelada suelta, pero olía a queroseno.
El mismo queroseno que alimenta las llamas que quema nuestros sueños.
El mismo queroseno que alimenta las llamas que quema nuestros cuerpos en una ciudad sin nombre (pero sí con dueño)
Tengo las uñas manchadas de sangre y suciedad, y es que no paro de arañar la jaula que me encierra.

He llegado a arrancarme las alas porque me daba pena que llevaran tanto tiempo paradas.
Arranqué primero las plumas; una a una. Y mis gritos y mi llanto se mezclaban con la agonía que flotaba en la jaula.
Luego, cuando ya no quedaban plumas, arranqué el esqueleto. Arañé, tiré, forcejeé. El dolor y la agonía se mezclaban con el olor a sangre y óxido.

Mi tamaño se reducía cada vez más mientras la jaula se hacía más grande por momentos. Al final me quedé temblando en una esquina de la jaula.
Ya no estaba oscuro; podía ver el cielo.

Hoy parecía que alguien había pintado el cielo con pincelada suelta, pero olía a queroseno.
El mismo queroseno que alimenta las llamas que queman la jaula.
El mismo queroseno que alimenta las llamas que me queman viva.

domingo, 24 de julio de 2016

Sin título

Hoy me da igual todo. Siento que mi cuerpo no es mío; siento que mi cuerpo no me pertenece, siento que nunca me ha pertenecido del todo. Siento que la única manera de que me pertenezca del todo es masacrarlo, cambiarlo, pintarlo de rojo y luego limpiarlo. Pero no puedo hacerlo. No puedo. Siento que no soy válide en ningún lugar. Siento que todo lo que he sentido durante mi vida no ha sido nunca válido, que no es ahora válido, y que nunca lo será.

Ya me da igual todo. Solo quiero hacerme daño, sólo quiero sentir el poder, el control una vez más. Pero no sé si esta vez seré capaz de controlarme. Hace ya tiempo que siento que mi corazón está o demasiado calmado o va demasiado rápido, y no estoy segure de cual de las dos cosas me aterra más.

Tengo ganas de vomitar, pero no puedo hacerlo. Tengo ganas de llorar, pero no puedo hacerlo. Tengo ganas de abrirme en canal, sacar mis tripas, mis órganos, y con ellos expulsar mis miedos, mis temores y mis sentimientos de un cuerpo que nunca ha sido mío.

Me siento sucie todo el tiempo. Me baño y me limpio constantemente. Me expongo al viento agitado cada noche porque siento que me limpia, aunque sólo sea un poco. Siento que no valgo nada, siento que mis sentimientos son inválidos, siento que no debería seguir aquí.

Echo de menos ver sangre; echo de menos ver mi sangre. Echo de menos sentir el control. Echo de menos destrozarme por fuera porque por dentro ya no puedo destrozarme más. Siento ganas de gritar, pero no puedo. Siento ganas de desgarrarme la garganta, pero no puedo. Siento ganas de morir, pero no puedo hacerlo. El miedo que tengo a la muerte es casi tan grande como el que le tengo a la vida.

No quiero salir de mi habitación, es el único lugar en el que me siento más o menos tranquile, en paz. Si salgo, tiene que ser sin nadie más. Si salgo con gente me agobio, siento que me juzgan, siento que juzgan mis sentimientos, que juzgan mi cuerpo; un cuerpo que nunca ha sido mío.

Me destrozo las manos cuando los nervios se apoderan de mí. Me destrozo las piernas a puñetazos cuando siento que mi cuerpo no es mío. Me destrozo, en definitiva, cuando siento que estoy fuera de mí. Y eso, el estar fuera de mí, es algo que me sucede todo el tiempo.


Siento que no siento. Siento que todo es irreal, que haga lo que haga, no lo hago por mí. Siento que todo está desconectado, y que yo estoy desconectade del mundo y de la realidad (si es que hubiera alguna). Me siento tan desconectade del mundo como lo estoy de mi cuerpo; y eso, si has llegado hasta aquí, ya sabrás que es mucho. 

viernes, 17 de junio de 2016

Entre nuestros cuerpos

Se despertó a las tres de la mañana por una horrible pesadilla. En ella corría y corría de manera desesperada detrás de algo que le era imposible alcanzar. No recordaba qué era exactamente aquello tras lo que corría, pero podía imaginarlo. Descorrió las cortinas, abrió la ventana, se puso la manta sobre los hombros y dejó que el frío viento de noviembre entrara y limpiara la habitación.

La luna estaba en cuarto creciente y brillaba de manera excepcional. Era una noche clara, contraria al resto de noches de la semana en la cual no había parado de llover. Aquella noche olía a humedad y a otoño. Olía a frío y a echar de menos su presencia. Empezó a hablar a la noche en susurros, y ya nada pudo parar sus sentimientos.

“Eh, te echo de menos. La cama está bien, puedo dormir sin demasiados problemas, pero sería genial tenerte aquí de vez en cuando. Lavé las sábanas cientos de veces, pero tu esencia aún flota en el ambiente. No puedo parar de quererte. Lo siento. O no. No lo sé. De verdad que no sé qué es lo que hubieras querido exactamente.

Hoy limpiando me encontré con tu libro favorito, aquel que dije miles de veces que leería y nunca lo hice; hoy lo he empezado. Al abrirlo ha caído al suelo una pequeña postal que tenía como foto una estampa de Irlanda. Así que resulta que eras una de esas personas que guardaban recuerdos en libros… Nunca llegué a conocerte del todo, y está claro que nunca llegaré a hacerlo. Pero no me importa; te quiero igual.

Uno de mis recuerdos favoritos contigo es el dormirme sin querer entre tus brazos. Tu piel era increíblemente suave, pero tu cuerpo era también muy muy delgado. Me daba miedo romperte; incluso con una mirada.

La única vez que te pregunté por qué me querías, fue la vez que me hizo darme cuenta de que de verdad te quería. Esperaba que respondieras algo típico como mis gustos, mi forma de ser, mi sonrisa, mis pasiones… Pero tú no eras así; no eras la típica persona que respondía ese tipo de cosas. Recuerdo que me apretaste contra tu pecho, me acariciaste el pelo y me dijiste “Siento que contigo he creado una galaxia. Cientos de miles de soles y estrellas. Los planetas se esparcen en el espacio que dejamos entre nuestros cuerpos… Y quiero explorarlos todos”. Me abrazaste más fuerte aún. Yo intenté decir algo, pero no pude. Aún así, creo que sentiste el calor de mis lágrimas en tu pecho.


Soy feliz, ¿sabes? Te echo de menos, pero soy feliz. No sé donde estarás, o si estarás siquiera en algún lugar. Ni siquiera sé si eres ahora mismo. Pero me da igual. Yo te quiero. Y, aunque jamás llegué a decírtelo, yo también sentía esos planetas. Aún los siento.”