Todo ha cambiado. Un poco.
Algo ha cambiado.
Estar bien. Bueno. Eso nunca.
Pero más fuerte; más estómago; más tinta.
Ahora caigo de pie. Ahora el vómito no me debilita.
El león es un gato y yo soy Venus
(incompatible con la vida conocida).
Pero siempre como Perséfone
(media vida entre los muertos).
El olfato nunca falla; yo sólo a veces.
Como el fénix: renacer de las cenizas,
o como las cenizas: llevada por el viento.
Pero más fuerte; más estómago; más tinta.
Y cada vez menos errores.
jueves, 3 de enero de 2019
martes, 18 de diciembre de 2018
Batido de fresa
Ardimos rápido
¿Ardimos?
Ardí
Siempre ardo rápido
Me consumo por el
estómago
y me destrozo por el
corazón.
Mercado negro de humo,
de pedazos de corazones.
Destrozada por el paso de
tus hunos,
dejan sólo constancia de
sus horrores
Caídas en picado
músculos destrozados
huesos machacados
cenizas alborozadas
Todo en un batido de
fresa
color princesa,
color hada
Lo bebo y me destroza
Y se lo paso al siguiente
-no pienso penar sola,
que a otro le choque el
vaso con los dientes-
Cae
conmigo
y
lo entiende
y
yo le entiendo
Estamos
solos
Le
da al botón de apagado
y todo se vuelve negro
Y
luego blanco
Y
luego azul
Y
luego rosa
Como
el batido,
ese
que hemos compartido
como
iguales,
como
amigos.
Y
poco después, ardimos.
Ardimos rápido
¿Ardimos?
Ardí
Siempre ardo rápido
Me consumo por el
estómago
y me destrozo por el
corazón.
domingo, 16 de septiembre de 2018
Squeezy Sounds
Llevo la apatía
a flor de piel
Hago autorretratos
de todos los sonidos chirriantes que podrías escuchar dentro de mí si acercaras tu oreja a mi pecho
Escucho gritar a mis manos
Y veo cómo se estremecen mis venas
Mi garganta me observa decepcionada
Y mis ojos me gritan como hienas.
Hay un botón de encendido/apagado junto a mi cama
Pero está roto
O al menos eso me dijo el último que estuvo aquí
Los golpes inesperados contra el cristal
Hacen que se me erice la piel
Consiguen que me levante de la cama
Para arrancar las cortinas y tapar al sol con ellas
Ahora lo escucho otra vez
Sonidos fríos
Pulso color humo
Piel chirriante
Olores en dos dimensiones
Y todo procede de
a flor de piel
Hago autorretratos
de todos los sonidos chirriantes que podrías escuchar dentro de mí si acercaras tu oreja a mi pecho
Escucho gritar a mis manos
Y veo cómo se estremecen mis venas
Mi garganta me observa decepcionada
Y mis ojos me gritan como hienas.
Hay un botón de encendido/apagado junto a mi cama
Pero está roto
O al menos eso me dijo el último que estuvo aquí
Los golpes inesperados contra el cristal
Hacen que se me erice la piel
Consiguen que me levante de la cama
Para arrancar las cortinas y tapar al sol con ellas
Ahora lo escucho otra vez
Sonidos fríos
Pulso color humo
Piel chirriante
Olores en dos dimensiones
Y todo procede de
martes, 26 de diciembre de 2017
Tinta y sangre
Las manos temblorosas, y
cubiertas de tinta y sangre.
La boca seca, y sabe a
óxido y a vacío.
Los ojos llenos de
tristeza y de gris.
La cabeza dando vueltas y
no sabe cuándo parar.
Entonces lo hago. Cierro
los ojos e intento respirar. Me acaricio el pelo, toco mis párpados y llego
hasta los labios. Sangre por dentro y por fuera. Todo son heridas. No dejo que
eso me distraiga y continúo bajando; la barbilla, el cuello y las clavículas;
demasiado frágil, demasiado amoratado. No tardo en pasar la mano por el
esternón, huyendo de mi propia anatomía. Llego al estómago: está áspero;
heridas por dentro y por fuera. Me acaricio en un intento desesperado por
encontrarme en un cuerpo que hace tiempo que se convirtió en un laberinto sin
salida para mi cabeza perdida. Pequeñas rayas que forman un nombre-o eso quiero
creer, pues al final no son más que letras desperdigadas sin ningún sentido; o
aún peor, ni siquiera llegan a eso, ahora son sólo odio hecho de tinta y de
sangre. Me encuentro. O eso creo. ¿Me encuentro? No. Sólo me veo. Me veo
corriendo, huyendo de mí. No puedo alcanzarme, no puedo tocarme, ni siquiera
puedo rozarme. Sigo perdida y me dejo caer. Y entonces lo hago. Abro los ojos.
Y sigo perdida.
He llorado sin saberlo,
pero los ojos siguen grises.
He vuelto a mordisquear
el interior de mi boca y ya no siento los labios.
Y las manos, de nuevo,
llenas de sangre seca y tinta fresca.
viernes, 8 de septiembre de 2017
Ataque coordinado
Con
un nombre perdido, antiguo, en una lengua que ya nadie pronuncia salvo aquellos
que vagan por el cementerio buscando el mejor lugar para el descanso eterno, te
presentas ante mí.
Con
una voz apagada, extinta, silenciosa, pronuncias mi nombre (el real, aquel que
yo elegí, aquel que tú consagraste, y no aquel que me dieron con unas falsas
expectativas sobre mi futuro).
Con
unas manos de ceniza, intangibles, etéreas golpeas mis zonas más débiles, sin
terminar de matarme, pero manteniéndome débil de manera que no pueda
escapar de tu lado.
El
último ataque fue coordinado, y explotaste tu bomba más potente en la zona de
mis costillas, de forma que el corazón quedara dañado, pero no destruido. Y
bombardeaste la zona de mis labios con tus mentiras llenas de odio de manera
que no pudiera volver a hablar de lo bonito que me parece el otoño en el vacío
que es la ciudad.
Los
ojos llenos de esperanzas caídas, de odio contenido, de rabia escondida. Los
labios agrietados reprimen las palabras que la garganta no pudo gritar cuando
todo terminó. Las manos se retuercen, se aprietan, se arañan, se deshacen, se
terminan en el acantilado del dolor contenido.
He
aprendido a hablar con la mirada en un mundo de ciegos. He aprendido a
acariciar con las pestañas en un mundo de gente lejana. He aprendido a caer en
la cama en un mundo de insomnio. He aprendido a no ser yo, a ocultarme en las
sombras en un mundo en el que sólo hay luz.
sábado, 15 de julio de 2017
La pirámide
Había
una pirámide en un lado de mi habitación. Era una pirámide pequeña, de madera,
con distintos tonos marrones. Se deshacía y había que montarla. Tardé horas y
horas en montarla bien. Era bonita. Me gustaba. Se notaban perfectamente los
lugares donde encajaban las piezas. Me gustaba. Y creo que me gustaba porque la
había montado yo; durante varias horas fuimos sólo yo y la pirámide. Y me
gustaba. Y nunca más la deshice ni la volví a montar.
Un
día abrí la ventana de mi habitación. Hacía viento, y yo tenía calor, así que
abrí la ventana. Cra-cra sonaba en mi
cabeza. Cra-cra No lo hagas, decía
algo dentro de mí. Pero tengo calor. Lo
quiero, respondí inmediatamente. Cra-cra
No. Mejor quítate la camiseta, y deja la ventana cerrada, respondía la voz
de mi cabeza. Quiero aire, respondí de
forma tajante. Cra-cra Recuerda la última
vez. Con la voz temblorosa respondí Me
da igual. Lo quiero. Lo necesito. Hubo silencio mientras abría la ventana. Adelante pues. Cra-cra. Y no volvió a
sonar nada más.
El
viento entró e inundó la habitación. Era un viento fuerte, pero no huracanado.
Era un viento fresco que inundaba mis pulmones y me hacía sentir como nueva, me
llenaba de una fuerza que pensaba que no tenía. El viento descolocó mi
pirámide. No hubo cra-cra, pues instantáneamente el viento volvió a soplar y colocó de nuevo las piezas para formar la pirámide. Una y otra vez entraba el viento en la habitación,
deshaciendo y rehaciendo la pirámide a su antojo, al mismo tiempo que, poco a
poco, iba desplazándola hacia el centro de la habitación.
Me
gustaba el viento. Me gustaba la pirámide. Me gustaba todo.
Sof-sof. Hacía días que no soplaba ni una brizna de aire. Sof-sof. Me sofocaba. Me tumbé en la
cama, a esperar. Sof-sof. Ahora hasta
me costaba respirar. Miré por la ventana. Sof-sof.
Notaba el verano acercándose cada vez más. Sof-Sof. Ven, por favor, gemía una y otra vez
con dificultad.
Y
volvió. Y deshizo la pirámide. Y no la hizo de nuevo. Y luego volvió a irse.
Cra-cra Te lo dije. Miraba en silencio por la ventana, esperando la más
mínima corriente de aire, aunque sabía que, a esas alturas, ya nunca más
llegaría. Cra-cra Cierra la ventana.
La pirámide yacía deshecha, destrozada, con todas las piezas descolocadas por
el centro de la habitación. Sof-sof.
Con dificultad me incorporé y miré por la ventana. Cra-cra Sof-sof Cra-cra Sof-sof
En
silencio cerré la ventana (aunque no del todo, no me atreví), miré las piezas
de la pirámide con tristeza, Nadie la
hará, nadie la tocará, nadie sabrá que existe. Nunca más. Entonces me
quité la camiseta, me tumbé en la cama y esperé a que la pirámide despareciera.
jueves, 23 de marzo de 2017
Cobardía
Me
he acostumbrado a ser gilipollas. Me explico. Desde hace unos meses me he dado
cuenta de que me gusta (y mucho) reírme de manera sincera, intentar ocultar el
vacío en el estómago que me asalta cada noche porque es más fácil que
expulsarlo hacia los demás. El hecho de no hablar porque el nudo de la garganta
no se deshace ha pasado a ser placentero porque así el resto puede hablar, yo
no interrumpo con mis gilipolleces y, de esta manera, puedo reírme con su
ingenio.
Desde
hace tiempo quiero pensar que puedo resolver las cosas y los problemas hablando
o ignorándolos, y no con actos. Y esto es porque huyo del conflicto; porque soy
hija de la cobardía; porque me criaron con miedo y entre algodones; porque, en
soledad, me creé mi burbuja y la decoré al gusto con sangre propia y pavor, con
música que me rasgaba la mente y palabras que destrozaron mi corazón. En esa
burbuja perdí mi empatía, perdí el amor por el resto del mundo, perdí la
esperanza, perdí el odio por lo injusto, perdí mi humanidad. En esa burbuja
perdí todo. -¿Todo?- Todo menos el
miedo. El miedo a querer empezó a ocupar el lugar que había dejado las ganas de
amar. El miedo a saber demasiado y el miedo a no saber suficiente se
entremezclaron en mis entrañas vacías de esperanza. El miedo a que alguien me
dañara ocupó el hogar en el que supuestamente debía habitar la empatía. El
miedo a luchar arrancó al odio por las injusticias de su lugar de origen. Y el miedo
a que todo acabara asesinó a sangre fría a mi humanidad.
No
me enorgullezco de nada de esto, pero he aprendido que detestarme y
martirizarme por ello no soluciona nada tampoco. Soy cobarde, soy miedo, soy
temor, soy llanto y soy dolor. Crecí con miedo, y eso es lo que soy ahora; en
eso me he convertido. No conozco nada más allá del miedo constante y -oh,
sorpresa- me da miedo alejarme de esto por si dejo de ser yo.
Cobardía,
pese a lo que todo el mundo piensa, no es precisamente pequeña, ni tímida. Cobardía
no es poca cosa. Cobardía es grande, con sus brazos alcanza cualquier lugar.
Cobardía tiene hambre, te engulle, te atrapa y te deshace. Cobardía y Miedo son
hermanos, pero no es necesario que describa a miedo (todo el mundo lo ha visto
alguna vez; todo el mundo conoce a miedo). Cobardía sola causa estragos, y
Miedo por su lado es capaz de destrozarlo todo. Y yo soy hija del incesto más
horrible de todos.
Puedes
huir de Cobardía (es grande, pero no demasiado fuerte). Puedes huir de Miedo.
Bueno, más bien puedes intentarlo. Pero más vale que te prepares para la
carrera de fondo más larga de tu vida. Vas a caerte. Te cogerán una y mil
veces. Se quedarán a tu lado. Te levantarás y huirás. Y caerás. Y así seguirás,
huyendo, hasta que caigas al suelo víctima del cansancio vital. Pero bueno, he
aquí mi consejo: empieza a correr. Huye. No mires atrás. Cae. Levántate. Llora.
Recupera el aliento.
Y yo, gilipollas, observaré en la esquina silenciosa de mi burbuja. Y yo, gilipollas, ya no quiero huir más.
miércoles, 2 de noviembre de 2016
Entierro de mi alma en mi cuerpo
Hoy es día de entierro en el cementerio. No acude nadie. Es un día de frío y con niebla, como a
mí me gustan. El sepulturero dejó abierto el ataúd, y los cuervos se acercan
con curiosidad. Mi cuerpo, herido, sangrante, deshecho y masacrado, parece que
va a ser el menú de hoy.
Observo
mi cuerpo desde un árbol. Nunca me gustó. Nunca me gustará. Me incorporo para
marcharme, pero entonces aparece una sombra que se acerca con paso tranquilo al
féretro. ¿Una sombra? No, son dos. Una es alta, esbelta, con pelo largo. La
otra es más bien bajita, de pelo corto revuelto, con las manos en los
bolsillos. Reconozco esas figuras. Así que han venido. Lanzan un cuchillo hacia
mi cuerpo y se clava en mi estómago (jamás apuntarían a mi corazón, lo han
cosido demasiadas veces). Se quedan de pie frente al ataúd, sin decir nada. Se
dan la mano, me miran, se miran y desaparecen.
Ahí
estás; tú también has venido. Pero no miras al ataúd; me miras a mí. Te
deslizas con suavidad, pero veloz, por el cementerio hasta llegar al árbol,
junto a mí. Extiendes tus manos empapadas en sangre y me ofreces algo. Lo miro
con curiosidad; es una flor, creo. Nunca había visto una flor así. Es negra,
sin tallo, con pétalos largos. Huele a malta tostada. Te miro sin entender, y
me devuelves la mirada, vacía, infinita, aterradora. Extiendes uno de tus
brazos y me colocas la flor en el pelo, con delicadeza pero sin titubear; es mi
flor. Es mi esencia.
Decides
quedarte a mi lado hasta que acabe el entierro. Esperamos un rato más, pero
nadie aparece. Te fundes con mi sombra para animarme, pero no lo necesito; ya
sé que nadie se dio cuenta de que he muerto, de que morí hace demasiado tiempo.
Nos acercamos al ataúd. Los cuervos continúan devorando mis entrañas cuando
aparece el sepulturero. Empieza a enterrarme sin demasiado ánimo, como si no le
importara (y no le culpo, puesto que lo que está enterrando es un trozo de
carne inservible, horrible, mutilado y que albergó un alma triste, deshecha y rota).
Cojo
la flor que has dejado en mi pelo, la sostengo con suavidad entre las palmas de
las manos. El sepulturero ha terminado; ya no se ve el ataúd. Los cuervos se
quedan rodeando la tierra removida, como en señal de duelo; su comida ha
desaparecido. Doy un par de pasos al frente y me arrodillo. Los negros pájaros
me miran mientras dejo la flor en el lugar donde se supone que estaría mi
corazón. Te adelantas tú también y dejas una bala en el lugar donde estaría mi
cabeza.
Te
fundes en mi sombra y yo me fundo en la niebla. Ha acabado. El silencio ocupa
el lugar. Ya no quedan ni los pájaros, ni el frío, ni el vacío. Ahora tan solo
queda un ligero aroma a malta en lo que había sido el entierro de mi alma en mi
cuerpo.
lunes, 10 de octubre de 2016
Pero olía a queroseno
Hoy
parecía que alguien había pintado el cielo con pincelada suelta, pero olía a
queroseno.
El
mismo queroseno que alimenta las llamas que quema nuestros sueños.
El
mismo queroseno que alimenta las llamas que quema nuestros cuerpos en una
ciudad sin nombre (pero sí con dueño)
Tengo
las uñas manchadas de sangre y suciedad, y es que no paro de arañar la jaula
que me encierra.
He
llegado a arrancarme las alas porque me daba pena que llevaran tanto tiempo
paradas.
Arranqué
primero las plumas; una a una. Y mis gritos y mi llanto se mezclaban con la
agonía que flotaba en la jaula.
Luego,
cuando ya no quedaban plumas, arranqué el esqueleto. Arañé, tiré, forcejeé. El
dolor y la agonía se mezclaban con el olor a sangre y óxido.
Mi
tamaño se reducía cada vez más mientras la jaula se hacía más grande por
momentos. Al final me quedé temblando en una esquina de la jaula.
Ya no
estaba oscuro; podía ver el cielo.
Hoy
parecía que alguien había pintado el cielo con pincelada suelta, pero olía a
queroseno.
El
mismo queroseno que alimenta las llamas que queman la jaula.
El
mismo queroseno que alimenta las llamas que me queman viva.
domingo, 24 de julio de 2016
Sin título
Hoy
me da igual todo. Siento que mi cuerpo no es mío; siento que mi cuerpo no me
pertenece, siento que nunca me ha pertenecido del todo. Siento que la única
manera de que me pertenezca del todo es masacrarlo, cambiarlo, pintarlo de rojo
y luego limpiarlo. Pero no puedo hacerlo. No puedo. Siento
que no soy válide en ningún lugar. Siento que todo lo que he sentido durante mi
vida no ha sido nunca válido, que no es ahora válido, y que nunca lo será.
Ya
me da igual todo. Solo quiero hacerme daño, sólo quiero sentir el poder, el
control una vez más. Pero no sé si esta vez seré capaz de controlarme. Hace ya
tiempo que siento que mi corazón está o demasiado calmado o va demasiado
rápido, y no estoy segure de cual de las dos cosas me aterra más.
Tengo
ganas de vomitar, pero no puedo hacerlo. Tengo ganas de llorar, pero no puedo
hacerlo. Tengo ganas de abrirme en canal, sacar mis tripas, mis órganos, y con
ellos expulsar mis miedos, mis temores y mis sentimientos de un cuerpo que
nunca ha sido mío.
Me
siento sucie todo el tiempo. Me baño y me limpio constantemente. Me expongo al
viento agitado cada noche porque siento que me limpia, aunque sólo sea un poco.
Siento que no valgo nada, siento que mis sentimientos son inválidos, siento que
no debería seguir aquí.
Echo
de menos ver sangre; echo de menos ver mi sangre. Echo de menos sentir el
control. Echo de menos destrozarme por fuera porque por dentro ya no puedo
destrozarme más. Siento ganas de gritar, pero no puedo. Siento ganas de
desgarrarme la garganta, pero no puedo. Siento ganas de morir, pero no puedo
hacerlo. El miedo que tengo a la muerte es casi tan grande como el que le tengo
a la vida.
No
quiero salir de mi habitación, es el único lugar en el que me siento más o
menos tranquile, en paz. Si salgo, tiene que ser sin nadie más. Si salgo con
gente me agobio, siento que me juzgan, siento que juzgan mis sentimientos, que
juzgan mi cuerpo; un cuerpo que nunca ha sido mío.
Me
destrozo las manos cuando los nervios se apoderan de mí. Me destrozo las
piernas a puñetazos cuando siento que mi cuerpo no es mío. Me destrozo, en definitiva,
cuando siento que estoy fuera de mí. Y eso, el estar fuera de mí, es algo que
me sucede todo el tiempo.
Siento
que no siento. Siento que todo es irreal, que haga lo que haga, no lo hago por
mí. Siento que todo está desconectado, y que yo estoy desconectade del mundo y
de la realidad (si es que hubiera alguna). Me siento tan desconectade del mundo
como lo estoy de mi cuerpo; y eso, si has llegado hasta aquí, ya sabrás que es
mucho.
viernes, 17 de junio de 2016
Entre nuestros cuerpos
Se
despertó a las tres de la mañana por una horrible pesadilla. En ella corría y
corría de manera desesperada detrás de algo que le era imposible alcanzar. No
recordaba qué era exactamente aquello tras lo que corría, pero podía
imaginarlo. Descorrió las cortinas, abrió la ventana, se puso la manta sobre
los hombros y dejó que el frío viento de noviembre entrara y limpiara la
habitación.
La luna estaba en cuarto creciente y brillaba de manera excepcional. Era una noche clara, contraria al resto de noches de la semana en la cual no había parado de llover. Aquella noche olía a humedad y a otoño. Olía a frío y a echar de menos su presencia. Empezó a hablar a la noche en susurros, y ya nada pudo parar sus sentimientos.
“Eh,
te echo de menos. La cama está bien, puedo dormir sin demasiados problemas,
pero sería genial tenerte aquí de vez en cuando. Lavé las sábanas cientos de
veces, pero tu esencia aún flota en el ambiente. No puedo parar de quererte. Lo
siento. O no. No lo sé. De verdad que no sé qué es lo que hubieras querido
exactamente.
Hoy
limpiando me encontré con tu libro favorito, aquel que dije miles de veces que
leería y nunca lo hice; hoy lo he empezado. Al abrirlo ha caído al suelo una
pequeña postal que tenía como foto una estampa de Irlanda. Así que resulta que
eras una de esas personas que guardaban recuerdos en libros… Nunca llegué a
conocerte del todo, y está claro que nunca llegaré a hacerlo. Pero no me importa;
te quiero igual.
Uno
de mis recuerdos favoritos contigo es el dormirme sin querer entre tus brazos.
Tu piel era increíblemente suave, pero tu cuerpo era también muy muy delgado.
Me daba miedo romperte; incluso con una mirada.
La
única vez que te pregunté por qué me querías, fue la vez que me hizo darme
cuenta de que de verdad te quería. Esperaba que respondieras algo típico como
mis gustos, mi forma de ser, mi sonrisa, mis pasiones… Pero tú no eras así; no
eras la típica persona que respondía ese tipo de cosas. Recuerdo que me
apretaste contra tu pecho, me acariciaste el pelo y me dijiste “Siento que
contigo he creado una galaxia. Cientos de miles de soles y estrellas. Los
planetas se esparcen en el espacio que dejamos entre nuestros cuerpos… Y quiero
explorarlos todos”. Me abrazaste más fuerte aún. Yo intenté decir algo, pero no
pude. Aún así, creo que sentiste el calor de mis lágrimas en tu pecho.
Soy
feliz, ¿sabes? Te echo de menos, pero soy feliz. No sé donde estarás, o si
estarás siquiera en algún lugar. Ni siquiera sé si eres ahora mismo. Pero me da igual. Yo te quiero. Y, aunque jamás
llegué a decírtelo, yo también sentía esos planetas. Aún los siento.”
martes, 10 de mayo de 2016
Keith
La
muerte de Keith Moon, persona con la que ni siquiera coincidí en el tiempo ya
que murió como 20 años antes de que yo naciera, ha estado muy presente en mi
vida desde que empecé a escuchar a The Who. Pero para hablar de su muerte y de
cómo me afectó cuando supe que jamás le conocería, primero tengo que hablar de
por qué esta persona tan lejana en todos los sentidos para mí me afecta tanto.
Esto es para ti, Keith. Esto para ti y para mí. Es para ti porque jamás podré
agradecerte lo suficiente tu música. Y es para mí porque sé que jamás superaré
tu muerte, y esta es mi manera de recordarme lo importante que eres para mí.
En
primer lugar, creo que fuiste la primera persona con la que sentí una conexión
diferente. Y con diferente me refiero que fue una conexión en la que no fue
necesario el conocerse, el verse, el tocarse, el mirarse a los ojos, ni
siquiera el leer tu biografía o mirar una foto tuya. Simplemente necesité una
canción en la que el sonido de tu batería retumbara por toda mi cabeza durante
tiempo después de que la canción hubiera terminado.
Tu
batería me hacía sentir. Punto. Y eso es algo muy importante para mí porque
desde pequeña no sentía demasiado, ocultaba lo poco que sentía hasta que un
día, simplemente, dejé de sentir. Pero eso es otro tema. No recuerdo la primera
vez, sin embargo, que escuché una canción de The Who, ya que debía tener unos
tres años. Sin embargo, sí que recuerdo la primera vez que vi CSI y que sonó Who
Are You. Me tocó el alma (aún sin saber qué decía la canción), me acariciaron
las notas y quise bailar. Me sonaba familiar, pero nunca pensé en ello
demasiado. Esa vez fue la primera vez que sentí una conexión con algo tan
intangible como el ritmo de una batería. Tu batería.
Cuando
volví a escuchar rock, con unos 15 años, The Who fue de lo primero que escuché.
La música volvía a sonarme familiar, y tu betería volvía a hacerme sentir. Pasó
poco tiempo hasta que decidí buscar quienes eran aquellos muchachos que me
hacían sentir tanto. En primer lugar, como no, estaba Pete, y fue el primero
sobre quién leí; aquel narigudo de ojos azules que lo hacía todo en el grupo.
Después busqué información sobre Roger, el mod de pelo rizado y voz potente que
en cada concierto hacía girar el micrófono como si fuera un molino. En tercer
lugar leí sobre John, aquel bajista de dedos divinos que conseguía que el bajo
adquiriera un nuevo significado. Y por último leí sobre ti, Keith. Si te
preguntas por qué fuiste el último la respuesta es fácil: la batería es el
instrumento que más me hace sentir, así que quería terminar el banquete de
información con buen sabor de boca.
Leí
todas las páginas habidas y por haber sobre ti. Consumía información sobre tu
vida como si no hubiera un mañana. Y todas las páginas coincidían: eras Moon
the Loon, Moon el lunático. Moon el alocado. Moon el extravagante. Moon el
siempre joven. Moon el explosivo. Moon el cariñoso. Eras, simplemente, tú.
Todas las páginas señalaban tu manera inquieta de tocar; todas remarcaban tus
ganas de romper y hacer explotar cosas; todas resaltaban tu lado bromista y, a
la vez, cariñoso. Muchas de ellas te ensalzaban como “el alma del rock”. Y
puede que así fuera... Bueno, rectifico: y así ES. Eres el tópico del rockero que
desfasa porque fuiste el pionero en eso: el rock salvaje, el destrozar los
instrumentos, el siempre joven… Y, por desgracia, también cumplías con el
tópico de los excesos.
Tu
relación con el alcohol y las drogas jamás fueron un secreto. No le echaré la
culpa de tu muerte al alcohol y a las drogas, pero tampoco a ti. Porque sé, al
igual que lo sabe mucha gente, que estabas enfermo. Los que te conocían dijeron
que tenías un trastorno límite de la personalidad, pero no bucearon más en el
asunto. También decían que tenías constantes pesadillas, y que no creías que
debieras estar vivo. Esto mezclado con el alcohol era algo fatal; cuestión de
tiempo.
Tampoco
te voy a defender como persona. Eras animado, alegre y cariñoso cuando estabas
bien. Cuando no, insultabas, pegabas y te ponías hecho una fiera con todo el
mundo. O eso dicen. Jamás sabré si esto era causa de tu enfermedad o
simplemente eras un capullo integral.
Cuando
miro fotografías tuyas a lo largo de los años, siempre pienso que, si no
hubieras muerto el día que lo hiciste, tampoco habrías tardado demasiado. Se te
veía desmejorado e incluso algo decaído (lo cual era inusual en ti). Moriste de
sobredosis por unos tranquilizantes. Seis te mataron, y otros veinte se
quedaron sin disolver en tu estómago. Créeme cuando digo que siempre he pensado
que tú sabías que más de cinco pastillas eran suficientes para morir. Créeme
cuando te digo que pienso que te suicidaste. Créeme cuanto te digo que cada día
quiero pensar que no lo hiciste, pero me resulta imposible. Créeme cuando digo
que ojalá me equivoque. Pero créeme también cuando pienso que lo hiciste porque
ya no podías más.
El
“Not to be taken away” siempre me estremece. Siempre me hace preguntarme si lo
sabías. Siempre me hace pensar si sólo tú te dabas cuenta de que la chispa
estaba cerca de consumirse y hacer explotar la dinamita. Siempre me preguntaré
por qué tan serio en esa portada cuando tu no eras así (al menos frente al
resto de seres humanos, y menos delante de una cámara). Siempre me preguntaré
si lo sabías.
Esta
era una de tus facetas. La otra era la del rockero más salvaje del momento que
reventaba retretes en los hoteles en los que dormía. La otra cara que mostrabas
era la del muchacho que se disfrazaba de las cosas más estrafalarias posibles y
sacaba de quicio a los presentadores de los programas a los que se te invitaba.
Y siempre me preguntaré como puede gustarme tanto una persona que es tan
diferente a mí, que se pasaba día y noche de fiesta, que era tan animado, tan
cariñoso y alocado. Nunca lo sabré.
A
pesar de todo esto, nunca podré dejar de quererte en la manera en que lo hago.
Jamás podré dejar de hacerlo porque nadie me ha hecho sentir como tú con tu
batería. Quizá es egoísta por mi parte reducirte a un simple batería y
olvidarme del resto de ti; quizá sea estúpido hacerlo. Pero es que de verdad
que me hiciste y haces sentir cosas indescriptibles.
Sin
embargo, por lo que te querré siempre, por lo que siempre me sentiré en deuda
contigo es por tu música. Esa música que me hace sentir. Esa música
incomparable. Nadie jamás te igualará como músico desde mi punto de vista ya
que nadie conseguirá hacerme sentir como tú. Siempre te admiraré por todas y
cada una de las notas de tu batería. Siempre estarás presente en mi vida,
porque aunque no lo sepas, aunque jamás llegues a saberlo, tu música ha hecho
más por mí de lo que ha hecho nadie. Tu música llena de energía me hacía sentir
imparable cuando no podía ni moverme de la cama. Tu manera alocada de tocar me
hacía sonreír cuando llevaba horas llorando.
Hoy
no es tu cumpleaños, ni tampoco la fecha de tu muerte. Hoy no se conmemora
ningún lanzamiento de ningún disco. Tampoco es el día en el que dejaste el
colegio, ni el que te compraste tu primera batería. No es el día que nació tu
hija, ni es el día del último concierto que diste. Debería ser, por tanto, un
día más. Pero para mí es un día más que no estás, lo que me recuerda que jamás
podré agradecerte todo lo que has hecho por mí. Debería ser un día más, pero no
lo es. Hoy es el día que tu muerte me ha golpeado más fuerte que nunca. Hoy es
el día que tu muerte me ha explotado más fuerte en la cara que nunca.
Esto
es para ti, Keith.
Esto
es para ti y para mí.
Para
recordarte a ti, y para recordarme que siempre estarás presente.
Esto
es para ti, Keith.
Esto
es para ti porque hoy es el día que más te echo de menos.
domingo, 17 de abril de 2016
Incongruencias
Quizá a esto se le puede llamar un prólogo. Y es que veía necesaria una pequeña explicación a este texto. Lo acabo de escribir y no lo he leído cuando he terminado. Me da igual. No he revisado ni siquiera si hay faltas de ortografías. Me parece un texto mágico porque representa cómo me hace sentir y lo que pienso (sólo un poquito) tras escuchar una canción en un idioma que no conozco y leer la traducción de su letra hecha por fans en los mismos comentarios del video. Seguramente el texto no tenga sentido, pero me parece mágico y precioso a su manera. Sé que no habrá muchas personas que acaben leyendo esto, pero espero de verdad que aquellas que lo lean sientan un poco. Sentir. Y punto.
Y supongo que estar
agradecida por vivir es algo que debo hacer sin preguntar si quiera.
Desde el mismo momento en el que nací se me quitó el libre
albedrío. A partir de entonces todo el mundo ha elegido por mí. No
hay nada que haya hecho por elección propia. Quizá ni siquiera esté
escribiendo esto por elección propia. Por eso me atrae, me interesa,
me parece interesante la idea del suicidio. No se puede elegir cuando
uno nace, pero quizá en algunos casos sí se puede elegir cuando
morir. El problema es el resto. El resto siempre es el problema.
Siempre tristes por todo; siempre culpándose por todo; siempre
culpando al resto. Como el perro del hortelano. Una de mis canciones
favoritas dice “Gracias dios. Gracias de verdad”. Lo bonito de la
canción es que siempre lo dice en tono irónico. Y esa frase se me
quedó grabada desde la primera vez que escuché la canción. Quizá
porque era lo único que entendí la primera vez, quizá porque la
segunda leí la letra y todo cobró sentido. Pero esa frase me parece
preciosa. De vez en cuando me sorprendo a mí misma canturreando sólo
esa parte de la canción “Kamisama arigatou. Hounto ni arigatou”.
Una y otra vez. Sólo esa parte. Una y otra vez. Y quizá lo que
siempre he necesitado ha sido creer en un dios, en un ente que
siempre estuviera ahí, alguien en quien creer, alguien a quien echar
la culpa de todo. Mire donde mire todo está vacío. No hay ningún
dios a quien darle las gracias. No hay ningún dios a quien echar las
culpas. Lo más bonito es una cuidad de noche. Tranquila. Sin nadie.
Por suerte aún no he manchado ninguna noche así con mi presencia;
pero tengo ganas de hacerlo. Cada día es más vacío que el
anterior, quizá porque cada día el mundo está un poquito más
muerto que el anterior. No hay ningún dios a quien echar la culpa de
esto. No hay ningún dios a quien agradecer esto. No hay ningún dios
que pueda explicarme el por qué. “¿El por qué de qué
exactamente?” pienso automáticamente. “El por qué. Y punto”
me respondo enseguida. Pues entonces me toca a mí buscar el por qué.
Aunque seguramente muera en el intento. Aunque seguramente pierda las
ganas. Aunque seguramente ya mañana me de igual.
神様ありがとう
ほんとにありがとう
miércoles, 24 de febrero de 2016
Autobus I
Hoy el autobus iba lleno;
no cabía nadie más. A penas podía moverme y tuve que poner la
mochila a mis pies para no agobiarme tanto. La música en mis
auriculares estaba lo más alta posible y no escuchaba nada más allá
de las notas musicales que se colaban por mis orejas. Estaba
completamente aislada del mundo; encerrada y callada. En el trayecto
solamente he levantado una vez la vista, y creo que ha sido lo mejor
que he hecho en mucho tiempo. Ha sido lo mejor porque he podido ver
cómo era. Lo primero en lo que me he fijado ha sido su blanca,
blanca piel en contraste con el corto pelo negro que tapaba sus
orejas. Sus ojos de rasgos asiáticos combinaban con su pequeña y
chata nariz. Debía tener unos diecinueve años, pero aún había
marcas de acné adolescente en su rostro. Ni sonreía ni adoptaba una
actitud seria, pero algo en su forma de estar me daba a entender que
estaba alegre.
Todo esto en nada más
que un par de segundos. He observado cómo era hasta que he visto de
reojo que se giraba para mirar en mi dirección. Ha sido entonces
cuando he bajado la mirada y cuando me he fijado en su sudadera negra
y en sus anchos pantalones vaqueros. Jugaba con su teléfono dentro
del bolsillo de su chaqueta y con la mano que le quedaba libre se
recolocaba una y otra vez los auriculares.
Sin embargo nada de esto
ha sido lo que más me llamaba la atención sobre su persona; no era
su blanca piel, ni su oscuro pelo. Tampoco lo eran sus granos o sus
ojos rasgados, ni mucho menos el estilo perfecto con el que portaba
la ropa. Lo que me ha enamorado a primera vista ha sido lo que he
visto al bajar del todo la mirada otra vez. Lo que de verdad ha hecho
que me enamorara ha sido una enorme rozadura que tenía en la zona del
tobillo derecho. No he podido parar de mirarla hasta que se ha bajado
del bus. No podía parar de pensar en cómo se había hecho la roja
herida. No podía para de pensar en las miles de historias que
justificarían su cojera al bajar del autobús. No paraba de imaginar
situaciones en las que se hacía daño.
Era su rozadura roja y
casi sangrante en su tobillo derecho lo que me ha enamorado. Y todo
lo demás me era irrelevante.
viernes, 8 de enero de 2016
Finales
Nunca
me han gustado los finales, y nunca se me dio bien escribirlos.
Cuando
empecé a escribir como a los ocho o nueve años, mi profesora del colegio estaba
muy contenta con mis relatos. Decía que mis principios enganchaban, mis
desarrollos la mantenían encerrada en el relato y los finales la hacían
sonreír. Poco a poco, los principios se iban haciendo más precisos y
enrevesados, los desarrollos más calmados y los finales más precipitados.
Entonces,
cuando empecé a darme cuenta de que me sentía desengañada con el mundo, los
finales empezaron a desaparecer; dejaba los relatos a medias. Nada finalizado,
todo en el aire y preguntas sin respuestas. “¿Por qué no continúas esto? Es muy
bueno”. Ante esa pregunta sólo podía encogerme de hombros y empezar otra
historia.
Recuerdo
que cuando tenía unos catorce años, cuando estaba en mi tercer curso de la
secundaria, nuestra profesora de lengua y literatura nos pidió que
escribiéramos un poema. Empecé varios y continuaba algunos, pero nunca terminé
ninguno. Al final, opté por darle un poema que había escrito dos o tres años
antes. Gané el primer premio (una edición del nosecuantos aniversario del
Quijote).
A
partir de entonces, los finales eran ya inexistentes y los desarrollos se
quedaban en unos pocos párrafos. Ahora, si
miras mis manuscritos o mis notas sobre relatos, encontrarás cientos de
principios, cada uno con un planteamiento, personajes e historias diferentes.
Pero jamás encontrarás una continuación; y mucho menos un final.
Hace
poco me propuse analizar el por qué de este hecho. No encontré la respuesta,
pero sí algunas similitudes con mi propia vida. Nunca ha visto el final de
ninguna de las series de mi infancia. Mis amistades siempre terminan igual:
conmigo desapareciendo poco a poco de la vida del resto de personas, en
silencio, camuflándome con el espacio. Desaparezco como si fuera niebla. El
resto de finales de mi vida están borrosos en mi cabeza: mi graduación, la
muerte de familiares, el fin de mi inocencia, mi último año de danza... Y así
con todo.
No sé
qué puede significar todo esto, pero puede que lo mejor sea que deje de
escribir principios para que, así, jamás tenga que pensar en un final. Quizá mi
vida sea un cúmulo de principios que finalizan antes siquiera de poder
desarrollarse. A lo mejor estoy destinada a que mis finales sean silenciosos y
oscuros.
Quizá
simplemente me da miedo que exista un “final”; quizá el simple término “final”
me horroriza y me paraliza. Puede que quiera evitar los finales porque siempre
nos los han presentado como algo o muy triste o completamente feliz; nada
intermedio.
Puede
que esto no sea un final porque mi mente sigue desarrollándose. Mi mente
continúa analizando el por qué de todo aquello que me rodea.
miércoles, 26 de agosto de 2015
Teatro cruel
El mundo está hecho...¿para qué? Hay quién dice que para ser vivido, mientras que otras personas piensan que para ser destruído. Hay gente que piensa que el mundo debe ser leído, y otros creen que debe ser salvado. Supongo que existen tantos puntos de vista como seres humanos. Sin embargo, yo no tengo respuesta a esa pregunta, pero, en cambio, sí que puedo decir qué es lo que yo hago. A pesar de eso, no podría decir por qué lo hago.
Yo me dedico a contemplar el mundo desde una posición apartada. Veo y escucho. Observo y atiendo. Pero nunca interfiero. A veces me pregunto por qué no soy capaz de interactuar, pero no encuentro una respuesta. Supongo que me da miedo romper el frágil equilibrio en el que se encuentra el mundo; el frágil equilibrio que nos ha mantenido con vida durante tanto tiempo. Tengo miedo de romper el mundo ya que soy una persona que tiende a destruir todo lo que toca. Aunque pensar que una sola persona puede llegar a romper el mundo es un punto de vista bastante egocéntrico, pero eso es otro tema.
Por esa razón, me siento y observo, como en una obra de teatro. Porque la vida es eso, una obra de teatro. Poético, ¿verdad? Pero, por desgracia, es la jodida verdad. Nacemos solos y morimos solos; el resto no es más que el atrezzo del teatro. Las vidas son sólo eso: obras de teatro. Algunas son tragedias, otras comedias, otras una mezcla de las dos. Tenemos hasta banda sonora. Hay personajes principales y secundarios, así como simples figurantes. Hay de todo. Hay de todo, menos guión.
Luego está mi vida. Pensándolo fríamente, creo que mi vida no es una obra de teatro. Ni siquiera una tragedia, que sería a lo que más se podría parecer. Yo, simplemente, me siento y observo. A veces miro desde un patio de butacas en el que estoy completamente sola. Otras veces contemplo la obra entre bastidores. En algunas ocasiones me encuentro observando desde arriba, junto con las luces. Otras veces me encuentro en los camerinos, escuchando el ruido que proviene del escenario, pero muy lejano y bajito. A veces también estoy en la cabina de sonido, mirando el escenario de lejos, escuchando los diálogos y mirando fríamente las situaciones ante las que se encuentran los personajes. Otras veces simplemente me voy del teatro y salgo al callejón oscuro, vacío, silencioso y frío que hay detrás del edificio.
Sin embargo, hay una cosa que nunca ha pasado; nunca estoy sobre el escenario. Al menos, no la verdadera yo. Desde donde quiera que esté, veo mis personajes principales, los secundarios y los figurantes, escucho la banda sonora, observo cómo cambian los paisajes y el atrezzo... Pero me siento como si estuviera fuera del escenario. Es como verlo todo desde fuera. Como si me viera a mí misma actuar. Sólo que no soy yo. Puede que a quien vea actuar sea una marioneta que alguien controla. O puede que la controle yo sin saberlo. Soy una sombra de algo que no conozco.
El caso es que nunca estoy sobre el escenario, aunque tampoco es que quiera estarlo; me da pánico. Prefiero quedarme observando en silencio, contemplando cómo todo cae y se destruye. Viendo cómo a los actores se les olvida su "no-guión"; viendo cómo fallan las luces o la música. Contemplando cómo todo se reduce a simple polvo hasta que se cierre el telón.
El caso es que nunca estoy sobre el escenario, aunque tampoco es que quiera estarlo; me da pánico. Prefiero quedarme observando en silencio, contemplando cómo todo cae y se destruye. Viendo cómo a los actores se les olvida su "no-guión"; viendo cómo fallan las luces o la música. Contemplando cómo todo se reduce a simple polvo hasta que se cierre el telón.
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